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Fernando Salmerón

    Introducción

    Al llegar al final de nuestro recorrido por las grandes aportaciones al pensamiento educativo, nos encontramos con la figura de Fernando Salmerón, quien representa una culminación y, a la vez, una sofisticada superación de las tradiciones filosóficas que le precedieron en México. Si con Francisco Larroyo analizamos el proyecto de construir una pedagogía sistemática para unificar y modernizar la nación, con Salmerón presenciamos un cambio de guardia generacional y epistemológico. Su obra nos traslada desde la arquitectura de los grandes sistemas neokantianos hacia el análisis minucioso del lenguaje, la justificación de las creencias y la naturaleza de la vida moral en una sociedad que ya no puede aspirar a una unidad axiológica impuesta desde arriba.

    Este desplazamiento nos sitúa en el corazón del dilema de la educación contemporánea, una vez que los grandes relatos de la modernidad han entrado en crisis. Si ya no podemos apelar, como Larroyo, a un sistema de valores objetivos y universales que la educación debe simplemente «realizar», y si reconocemos que la sociedad es un mosaico irreductible de diversas «formas de vida» y tradiciones morales, ¿sobre qué cimientos podemos construir una educación ética? ¿Estamos obligados a renunciar a toda aspiración de formar el juicio moral, cayendo en un relativismo donde cualquier creencia es tan válida como otra, o es posible encontrar una vía para educar en la ética sin adoctrinar en una moral particular?

    Para explorar la sutil y poderosa respuesta de Salmerón a esta interrogante, nuestra lección final se articulará en tres momentos. Iniciaremos delineando su giro filosófico desde el sistematicismo hacia la filosofía analítica, enfocándonos en su crucial distinción conceptual entre «moral» y «ética». Posteriormente, analizaremos cómo esta distinción le permite proponer un modelo de educación moral para sociedades plurales, centrado no en la transmisión de dogmas, sino en el cultivo de la «razón práctica» o prudencial. Finalmente, evaluaremos su visión de la universidad y las humanidades como espacios privilegiados para el ejercicio de la crítica y la justificación racional, indispensables para la salud de una democracia deliberativa.

    Desarrollo del tema

    El giro analítico: de los sistemas a las prácticas morales

    La obra de Fernando Salmerón (1925-1997) marca una transición fundamental en el pensamiento filosófico mexicano. A diferencia de la generación de Larroyo, profundamente influida por el idealismo y el neokantismo alemán, Salmerón pertenece a una estirpe de pensadores que, a mediados del siglo XX, encontraron en la filosofía analítica anglosajona (particularmente en la obra del segundo Wittgenstein) y en la hermenéutica, herramientas más adecuadas para comprender la complejidad del mundo contemporáneo.

    Este cambio de enfoque es radical. Salmerón no busca construir un sistema filosófico omnicomprensivo que dicte desde la cima los fines de la educación. Su proyecto es más modesto en apariencia, pero más profundo en sus implicaciones: consiste en analizar con precisión el lenguaje que usamos cuando hablamos de ética, las formas en que justificamos nuestras creencias y la estructura real de la vida moral. Su punto de partida no es un «deber ser» abstracto, sino el «ser» concreto de las diversas prácticas morales.

    Podemos usar una analogía cartográfica. Si Larroyo fue un cartógrafo que dibujó un mapa ideal del territorio educativo desde una perspectiva cenital, estableciendo las fronteras, las jerarquías y las rutas principales de acuerdo a un plan maestro (la filosofía de los valores), Salmerón fue un etnógrafo que descendió al terreno con una libreta y una brújula. Su interés no era el mapa ideal, sino comprender cómo los habitantes de las diversas aldeas (las distintas comunidades morales) navegan su propio paisaje, qué lenguaje usan para describir sus caminos, qué relatos cuentan para justificar sus costumbres y cómo resuelven sus disputas. Su objetivo no es imponer un mapa único, sino entender la lógica interna de los múltiples mapas existentes.

    La distinción capital: ética como filosofía de la moral

    El instrumento conceptual más poderoso que Salmerón utiliza para esta tarea es su rigurosa distinción entre «moral» y «ética». Para él, estos términos no son sinónimos.

    • La Moral (o el ethos). Se refiere al conjunto de normas, principios, valores y costumbres que rigen la conducta de los miembros de una comunidad o tradición particular. La moral es un fenómeno social e histórico, es «de primer orden». Es la moral vivida, practicada, a menudo de forma implícita. Existen muchas morales: la moral cristiana, la moral estoica, la moral de la comunidad rarámuri, la ética profesional de los médicos, etc.
    • La Ética (o la filosofía moral). Es una disciplina filosófica, una reflexión «de segundo orden» cuyo objeto de estudio son, precisamente, las diversas morales. La ética no es una moral particular, sino el análisis crítico y comparativo de las morales existentes. La ética se pregunta: ¿Cuáles son los fundamentos de esta norma moral? ¿Son coherentes sus principios? ¿Qué argumentos se pueden dar a su favor? ¿Es posible universalizar alguna de sus máximas?

    Figura 1
    Relación entre moral y ética en el pensamiento de Salmerón

    Nota. El diagrama ilustra que las morales son múltiples y pertenecen al plano de las prácticas sociales concretas. La ética, en cambio, es una disciplina unificada de segundo orden que toma a las diversas morales como su objeto de estudio, sometiéndolas a un escrutinio racional sin necesariamente presuponer la superioridad de ninguna de ellas de antemano.

    Esta distinción es la clave de bóveda para pensar la educación en una sociedad pluralista. Implica que la misión de la escuela pública no puede ser la de inculcar una moral particular (lo que sería adoctrinamiento), sino la de desarrollar en los estudiantes las capacidades y disposiciones propias de la reflexión ética.

    Educar la razón práctica en la pluralidad

    A partir de esta base, el proyecto educativo de Salmerón se aleja de la formación de un ciudadano adherido a un credo nacional y se enfoca en el cultivo de una subjetividad capaz de deliberar y actuar prudentemente en un mundo de valores diversos. El objetivo de la educación moral no es aprender un catecismo, sino desarrollar lo que Aristóteles llamó phronēsis o razón práctica: la capacidad de deliberar correctamente sobre lo que es bueno y conveniente para uno mismo y para la comunidad en situaciones concretas.

    Esta educación se fundamenta en dos pilares:

    1. El cultivo del juicio crítico. Se trata de dotar al estudiante de las herramientas de la lógica, el análisis conceptual y la argumentación para que pueda examinar su propia moral (la que ha heredado de su familia y comunidad) y la de los demás. Esto implica aprender a identificar presupuestos, a evaluar la validez de los argumentos, a detectar falacias y a comprender las razones que otros tienen para sostener sus creencias, aunque no se compartan.
    2. El desarrollo del sentimiento moral. Salmerón, influido por la tradición del sentimentalismo moral británico (Hume, Smith), reconoce que la vida ética no es solo un asunto de cognición fría. Se sostiene sobre una base afectiva: la capacidad de simpatía o empatía, la habilidad de imaginar lo que otros sienten. La educación debe, por tanto, cultivar esta disposición a través de la literatura, la historia, el arte y el diálogo, que nos permiten «ponernos en el lugar del otro» y expandir nuestro horizonte moral.

    Tabla 1
    Paradigmas de la Educación Moral: Larroyo vs. Salmerón

    Criterio de comparaciónModelo de educación basado en valores (Larroyo)Modelo de educación basado en la razón práctica (Salmerón)
    Punto de partidaUn sistema de valores objetivos (neokantismo) que define los fines de la educación.El hecho empírico de la pluralidad de morales (ethos) en la sociedad.
    Finalidad de la educación moralFormar al individuo en la adhesión a los valores supremos de la cultura nacional.Desarrollar la autonomía del individuo para que delibere y juzgue éticamente por sí mismo.
    Concepción del pluralismoAgente cultural que media entre los valores y el educando.Facilitador del desarrollo psicológico.
    Rol del docenteTransmisor y modelo de los valores establecidos por la filosofía de la educación.Facilitador del diálogo crítico, modelo de imparcialidad y rigor argumentativo.
    Énfasis curricularEnseñar qué es lo bueno, lo justo, lo bello, a través de contenidos cívicos y humanísticos.Enseñar cómo deliberar sobre lo bueno y lo justo, a través del análisis de dilemas, la argumentación y el diálogo.
    Resultado esperadoUn ciudadano integrado en el proyecto nacional, con una identidad cívica fuerte y definida.Un ciudadano deliberativo, capaz de comprender y respetar la diversidad y de participar en la construcción de acuerdos racionales.

    Nota. La tabla contrasta dos modelos de educación moral. Mientras el modelo de Larroyo responde a la urgencia de construir un Estado-nación moderno y unificado, el de Salmerón responde al desafío de cómo vivir juntos de manera justa y razonable en una democracia liberal y pluralista ya consolidada.

    La misión crítica de la Universidad

    Para Salmerón, el espacio por excelencia para el ejercicio de la ética como disciplina filosófica es la universidad. Si la escuela básica debe iniciar a los niños en el respeto a la diversidad y en las habilidades básicas del diálogo, la universidad (y en especial las facultades de humanidades y filosofía) tiene la responsabilidad social de ser la conciencia crítica de la nación. Es el lugar donde las diferentes morales presentes en la sociedad pueden ser sometidas a un análisis riguroso, donde se pueden examinar sus justificaciones y donde se pueden proponer principios de justicia que trasciendan los intereses particulares. La universidad es, para Salmerón, el garante de la racionalidad pública en una sociedad democrática.

    Conclusión

    Fernando Salmerón nos lega un pensamiento de una enorme sutileza y pertinencia para nuestro tiempo. Su obra representa una maduración de la filosofía en México, transitando desde la construcción de sistemas totalizantes hacia el análisis paciente y riguroso de nuestras prácticas y nuestro lenguaje. Hemos desentrañado su distinción fundamental entre la moral como ethos vivido y la ética como reflexión filosófica, y hemos explorado cómo esta distinción permite fundamentar una educación moral para la democracia pluralista, centrada en el cultivo de la razón práctica y la empatía.

    En el contexto de nuestra unidad, Salmerón cierra el ciclo de la filosofía mexicana del siglo XX. Si Larroyo representa la confianza de la modernidad en un proyecto educativo unificador y dirigido por el Estado, Salmerón encarna la voz de una posmodernidad lúcida y democrática, que asume la pluralidad como un hecho irreversible y busca en la razón dialógica, más que en la doctrina, el fundamento de la convivencia. Nos enseña que la meta ya no puede ser que todos compartamos la misma moral, sino que todos seamos competentes en el arte de la reflexión ética.

    Su legado, sin embargo, nos confronta con una pregunta que es, a la vez, un desafío para nuestra labor como investigadores. El ideal de Salmerón de una ciudadanía que delibera racionalmente sobre sus diferencias es normativamente poderoso, pero ¿qué tan resiliente es frente a las fuerzas de la polarización, el populismo y la posverdad que caracterizan el debate público actual? ¿Bastan las herramientas de la filosofía analítica y la empatía para hacer frente a la desinformación y a las políticas de la identidad que exacerban el conflicto en lugar de promover el diálogo? La pregunta final que Salmerón nos deja es si su proyecto de una ética basada en la razón prudencial es suficiente, o si las democracias liberales necesitan, además, revitalizar un ethos compartido con una mayor carga afectiva y simbólica para poder sobrevivir.

    Podcast de síntesis: la lección en audio

    Como complemento, este recurso auditivo recapitula los conceptos fundamentales de la lección.

    Bibliografía de referencia

    • Hurtado, G. (2007). El búho y la serpiente: Ensayos sobre la filosofía en México en el siglo XX. UNAM.
    • Olivé, L. (Ed.). (1993). Ética y diversidad cultural. Fondo de Cultura Económica.
    • Pereda, C. (1994). Razón e incertidumbre. Siglo XXI Editores.
    • Salmerón, F. (1971). La filosofía y las actitudes morales. Siglo XXI Editores.
    • Salmerón, F. (1985). Enseñanza y filosofía. El Colegio Nacional.
    • Salmerón, F. (1990). Diversidad cultural y tolerancia. UNAM.
    • Salmerón, F. (1993). Ética y análisis: Ensayos. En L. Olivé (Ed.), Ética y diversidad cultural (pp. 57-78). Fondo de Cultura Económica.
    • Villoro, L. (1997). El poder y el valor: Fundamentos de una ética política. Fondo de Cultura Económica.
    • Zirión, A. (Comp.). (1999). Actualidad de la filosofía en México. Siglo XXI Editores.