Introducción
Habiendo explorado axiologías centradas en la esencia, la realidad y la experiencia individual del placer, nuestra investigación filosófica da un giro decisivo hacia el exterior, hacia la arena social y las consecuencias tangibles de nuestras acciones. Las corrientes utilitarias y pragmáticas desplazan la pregunta fundamental de «¿qué es verdadero o placentero en sí mismo?» a «¿qué es bueno y útil para la comunidad?» y, de manera aún más directa, a «¿qué funciona?». Este enfoque, nacido en la era de la reforma social y consolidado en el crisol del ingenio estadounidense, resuena profundamente en el discurso educativo actual, dominado por la exigencia de «rendición de cuentas», la «educación basada en la evidencia» y la necesidad de preparar a los ciudadanos para resolver problemas complejos en un mundo en constante cambio.
Este énfasis en la utilidad y los resultados nos enfrenta a un dilema axiológico de primer orden, uno que palpita bajo la superficie de cada debate sobre políticas curriculares. Si el valor de un programa educativo, una metodología pedagógica o incluso una disciplina entera se mide por sus consecuencias prácticas, ¿cómo definimos colectivamente lo «útil» o lo «bueno»? ¿Es acaso la prosperidad económica, la estabilidad social, la innovación tecnológica o el fortalecimiento de la democracia? Y, de manera crucial, ¿quién tiene la autoridad para definir ese «bien mayor»? ¿Corremos el riesgo de instrumentalizar la educación, de reducirla a una mera herramienta para fines económicos o políticos, sacrificando en el altar de la eficiencia el valor intrínseco de las humanidades, las artes y el pensamiento crítico?
En esta lección, desentrañaremos la lógica y la evolución de estas influyentes filosofías. Iniciaremos con el utilitarismo clásico de Jeremy Bentham y John Stuart Mill, examinando su ambicioso intento de crear un «cálculo» para el bienestar social. Posteriormente, cruzaremos el Atlántico para analizar el surgimiento del pragmatismo con Peirce, James y, de manera central, John Dewey, quien tradujo esta filosofía de la acción en el proyecto educativo más influyente del siglo XX. A través de analogías, diagramas y un análisis riguroso, evaluaremos cómo esta axiología de las consecuencias ha moldeado y sigue moldeando desde el diseño de políticas hasta la interacción cotidiana en el aula, desafiándonos a ser, como doctorandos, no solo teóricos, sino también arquitectos de una praxis educativa reflexiva y con propósito.
Desarrollo del tema
El utilitarismo clásico: la búsqueda del mayor bien para el mayor número
El utilitarismo emerge en el contexto de la Ilustración y la Revolución Industrial británica como una filosofía radicalmente secular y orientada a la reforma social. Su arquitecto principal, Jeremy Bentham, propuso un principio aparentemente simple pero revolucionario: el Principio de la Mayor Felicidad. Sostenía que la única medida del bien y el mal es la utilidad, definida como la propiedad de producir placer o prevenir el dolor. Una acción es moralmente correcta si maximiza la felicidad general. Bentham, en su afán cientificista, creía poder cuantificar esta felicidad a través de un «cálculo felicítico», sumando las unidades de placer y restando las de dolor para determinar el curso de acción óptimo para la sociedad. En este esquema, la educación se convierte en un instrumento de ingeniería social: su propósito es moldear individuos cuyas acciones contribuyan positivamente a la suma total de la felicidad social.
Fue su ahijado intelectual, John Stuart Mill, quien sofisticó esta visión. Preocupado de que el utilitarismo de Bentham pudiera justificar placeres «bajos» o la tiranía de la mayoría, Mill introdujo una distinción cualitativa crucial entre placeres. Argumentó que existen placeres superiores (intelectuales, estéticos, morales) y placeres inferiores (meramente sensuales). En su famosa declaración, «es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho», Mill afirma que la calidad de la felicidad importa tanto como su cantidad. Para la educación, esto tiene una implicación profunda: no basta con hacer a los ciudadanos felices; la educación debe cultivar en ellos el aprecio por los placeres superiores que ennoblecen tanto al individuo como a la sociedad.
Tabla 1
Evolución del Utilitarismo Clásico y sus Implicaciones Educativas
| Dimensión | Utilitarismo de Bentham (Cuantitativo) | Utilitarismo de Mill (Cualitativo) |
|---|---|---|
| Principio central | El mayor bien es la mayor cantidad de placer agregado para el mayor número de personas. | La calidad del placer es tan importante como la cantidad. Existen placeres superiores e inferiores. |
| Axiología | El valor es extrínseco y se mide por las consecuencias placenteras. Todos los placeres son, en principio, iguales. | Enfoque a largo plazo. Se deben sopesar los placeres y dolores futuros. Se busca una vida placentera en su totalidad. |
| Propósito de la educación | Formar ciudadanos que sean productivos y que contribuyan a la felicidad general de la manera más eficiente posible. | Formar ciudadanos con un carácter noble, capaces de apreciar la cultura, la libertad y la deliberación racional como componentes de una vida feliz. |
| Énfasis curricular | Conocimientos y habilidades con utilidad práctica y social inmediata (ciencias, economía, derecho). | Fuerte defensa de las humanidades, la poesía, el arte y la filosofía como medios para cultivar las facultades superiores. |
| Metáfora del egresado | El «ingeniero social» eficiente. | El «ciudadano socrático» reflexivo. |
Nota. La tabla contrasta las dos versiones fundacionales del utilitarismo, mostrando el paso de un modelo puramente cuantitativo y eficientista a uno cualitativo que revaloriza las humanidades como esenciales para una felicidad plena y sostenible. Fuente: Elaboración propia a partir de Mill (2002) y Rosen (2003).
El giro pragmático americano: la verdad como herramienta
Si el utilitarismo fue una respuesta a los problemas de la sociedad industrial europea, el pragmatismo fue la filosofía forjada en la experiencia de la frontera estadounidense: una nación que se construía a sí misma, donde las viejas doctrinas importaban menos que la capacidad de resolver problemas prácticos. El pragmatismo traslada el criterio de las consecuencias del campo de la ética al campo de la epistemología.
Charles Sanders Peirce argumentó que el significado de cualquier concepto reside enteramente en sus consecuencias prácticas concebibles. Para entender qué significa «dureza», por ejemplo, debemos considerar qué pasaría si intentáramos rayar un objeto. William James popularizó esta idea con su concepto del «valor en efectivo» (cash value) de la verdad. Para James, la verdad no es una propiedad estática de una idea que se corresponde con la realidad (como sostenían los realistas). La verdad es algo que le sucede a una idea: se vuelve verdadera cuando funciona, cuando nos ayuda a navegar exitosamente por la experiencia. Una creencia es una herramienta, y su verdad se mide por su capacidad para hacer un trabajo útil en nuestras vidas.
Analogía del cartógrafo educativo
Podemos contrastar al filósofo pragmático con otras visiones a través de la analogía de un cartógrafo. El cartógrafo esencialista buscaría crear un mapa único y perfecto del mundo, basado en principios eternos, sin importar si es útil para un pescador o un montañista. El cartógrafo realista se esforzaría por crear un mapa que fuera una representación 1:1 de la realidad física, obsesionado con la precisión topográfica. El cartógrafo pragmático, sin embargo, haría una pregunta diferente: «¿Para quién es este mapa y para qué lo va a usar?». Crearía mapas diferentes para propósitos diferentes: un mapa de metro para el viajero urbano, una carta náutica para el marinero, un mapa geológico para el minero. El valor del mapa (el conocimiento) no reside en su verdad abstracta, sino en su capacidad para guiar la acción de manera efectiva hacia un fin deseado. La educación pragmática busca dotar a los estudiantes no de un único mapa «verdadero», sino de la habilidad para crear y utilizar los mapas que necesiten para resolver los problemas que enfrenten.
John Dewey: la fusión en una filosofía de la educación democrática
Es John Dewey quien toma el cálculo social del utilitarismo y la epistemología de la acción del pragmatismo para construir la filosofía educativa más completa y coherente del siglo XX. Para Dewey, el fin último que debe guiar la educación no es un placer abstracto ni una utilidad económica, sino la creación de una sociedad democrática. La democracia no es solo una forma de gobierno, sino una forma de vida asociada, una experiencia comunicada. La escuela, por tanto, debe ser un laboratorio democrático, una comunidad embrionaria donde los estudiantes aprenden a vivir democráticamente.
El núcleo de su pedagogía es la reconstrucción de la experiencia a través de la investigación (inquiry). El aprendizaje no comienza con asignaturas, sino con problemas genuinos que surgen de la experiencia del estudiante. Para resolverlos, el estudiante debe emplear el método científico, que Dewey veía como el método de la inteligencia misma.
Figura 1
El ciclo de la investigación deweyana como proceso educativo
Nota. Este diagrama ilustra que para Dewey, el aprendizaje no es la absorción pasiva de información, sino un proceso activo y cíclico de resolución de problemas que refleja el método científico. El conocimiento es el resultado de la acción inteligente, no su prerrequisito. Fuente: Elaboración propia a partir de Dewey (1938).
Evaluación crítica desde el doctorado
El pragmatismo deweyniano es inmensamente atractivo por su dinamismo, su relevancia y su compromiso democrático. Sin embargo, no está exento de críticas. Primero, su implementación es extraordinariamente exigente. Requiere maestros altamente capacitados como facilitadores de investigación, no como transmisores de contenido, y un currículo flexible y emergente que choca con los sistemas estandarizados de la educación masiva.
Segundo, la crítica del presentismo: al centrarse en los problemas inmediatos de los estudiantes, ¿se corre el riesgo de descuidar el vasto depósito de conocimiento cultural y científico que no tiene una aplicación inmediata pero que es fundamental para una educación completa? ¿Cómo se asegura que los estudiantes adquieran el conocimiento «esencial» si el currículo se construye solo a partir de sus intereses?
Finalmente, pensadores de la Escuela de Frankfurt como Max Horkheimer criticaron al pragmatismo por su potencial para convertirse en un instrumentalismo conformista. Al definir la verdad y el valor por «lo que funciona», el pragmatismo puede carecer de un punto de apoyo crítico para cuestionar si los fines hacia los cuales «funciona» el sistema son justos o humanos. Podría, en manos equivocadas, simplemente enseñar a los individuos a adaptarse y a tener éxito dentro de un sistema social injusto, en lugar de proporcionarles las herramientas para transformarlo radicalmente.
Conclusión
En esta lección, hemos trazado el arco que va desde la búsqueda utilitarista de un bienestar social cuantificable hasta la visión pragmática de la educación como una experimentación democrática. El hilo conductor es una axiología radicalmente consecuencialista: el valor de una idea, una práctica o una institución educativa se encuentra en los resultados que produce en el mundo real, en la experiencia vivida de los individuos y en la salud de la comunidad.
Esta perspectiva es un componente indispensable en la caja de herramientas de cualquier filósofo de la educación. Nos obliga a bajar de la torre de marfil y a justificar nuestras propuestas en términos de su impacto tangible. El utilitarismo y el pragmatismo nos recuerdan que la educación no es un fin en sí misma; es el medio fundamental a través del cual una sociedad se perpetúa y se mejora a sí misma. Nos desafía a responder constantemente a la pregunta: «Educación, ¿para qué?».
Para finalizar, les propongo una reflexión que conecta directamente con su rol como futuros investigadores: Dewey concibió su filosofía para una era industrial y una democracia emergente. Hoy, nos enfrentamos a una era digital, a la inteligencia artificial y a crisis globales que trascienden las fronteras del estado-nación. ¿Cuáles son los «problemas genuinos» que una educación pragmática debería abordar en el siglo XXI? ¿Y cómo podemos adaptar el método de la investigación deweyana para equipar a los ciudadanos no solo para una democracia local, sino para una ciudadanía global y digital responsable?
Podcast de síntesis: la lección en audio
Como complemento, este recurso auditivo recapitula los conceptos fundamentales de la lección.
Bibliografía de referencia
- Bentham, J. (2007). An Introduction to the Principles of Morals and Legislation. Dover Publications. (Obra original publicada en 1789).
- Dewey, J. (1916). Democracy and Education: An Introduction to the Philosophy of Education. The Macmillan Company.
- Dewey, J. (1938). Experience and Education. Kappa Delta Pi.
- James, W. (1907). Pragmatism: A New Name for Some Old Ways of Thinking. Longmans, Green, and Co.
- Mill, J. S. (2002). Utilitarianism (G. Sher, Ed.). Hackett Publishing Company. (Obra original publicada en 1861).
- Ozmon, H. A. (2012). Philosophical Foundations of Education (9th ed.). Pearson.
- Peirce, C. S. (1998). The Essential Peirce: Selected Philosophical Writings, Volume 2 (1893-1913). Indiana University Press.Rosen, F. (2003). Classical Utilitarianism from Hume to Mill. Routledge.