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De la educabilidad a la educatividad

    Introducción

    Tras haber navegado las tensiones entre el propósito (integración vs. formación) y la brújula (teleología vs. axiología) de la educación, nuestra indagación nos lleva ahora al corazón mismo del proceso pedagógico: la interacción entre el que aprende y el que enseña. Todo acto educativo se fundamenta en una premisa a menudo implícita pero siempre poderosa: que el ser humano es susceptible de ser educado. Esta capacidad, esta plasticidad fundamental que nos permite ser transformados por la experiencia y la influencia de otros, es lo que la filosofía de la educación denomina educabilidad. Es la condición de posibilidad de toda pedagogía, el suelo fértil sin el cual ninguna semilla de conocimiento podría germinar.

    Sin embargo, postular esta capacidad abre una pregunta de consecuencias profundas para la teoría y la práctica: ¿es la educabilidad una vasija vacía que espera pasivamente ser llenada, o es una potencia activa que solo se despliega en una relación dinámica y recíproca? Y si es así, ¿qué nombra a la fuerza contraria, a la capacidad intencionada del educador y del entorno para catalizar esa transformación? Este es el dilema que nos obliga a mirar más allá del aprendiz y a examinar la potencia del acto de educar en sí mismo, un concepto que denominamos educatividad. El problema central que nos ocupa es, entonces, el de la agencia y la responsabilidad en el encuentro educativo.

    En esta lección, desentrañaremos la compleja coreografía entre la educabilidad y la educatividad. Iniciaremos con un análisis riguroso del concepto de educabilidad, explorando sus límites y sus implicaciones. A continuación, definiremos y desarrollaremos la noción de educatividad como la contraparte indispensable, la fuerza que interpela y moviliza el potencial del estudiante. Finalmente, propondremos un modelo dialéctico para comprender su interacción, argumentando que es en la calidad de esta danza, en este encuentro de potencias, donde reside el verdadero secreto del éxito o el fracaso educativo.

    Desarrollo del tema

    Educabilidad: el potencial de ser más

    El concepto de educabilidad, atribuido al filósofo y pedagogo alemán Johann Friedrich Herbart, representa una de las ideas más optimistas y fundamentales del pensamiento pedagógico moderno. Herbart rompió con la noción de ideas innatas al postular que el espíritu humano es, en su origen, una tabula rasa, pero dotada de una capacidad infinita para ser moldeada, desarrollada y enriquecida a través de la instrucción. La educabilidad es, por tanto, la plasticidad, la ductilidad del individuo para ser modificado, para adquirir nuevos saberes, hábitos y formas de ser a través de una influencia externa y sistemática. Es, en esencia, la afirmación de que el ser humano no está predeterminado por su biología o su instinto, sino que está constitutivamente abierto a la transformación.

    Esta capacidad no es un atributo monolítico. Autores como Ricardo Nassif (1980) distinguen varias dimensiones. En el plano psico-biológico, la educabilidad se asienta en la inmadurez del sistema nervioso humano al nacer, que permite un larguísimo periodo de aprendizaje y adaptación. En el plano psico-social, se refiere a la capacidad de internalizar normas, valores y patrones culturales. Y en el plano espiritual o personal, alude a la capacidad de autodeterminación, de hacer propia la cultura y de construir un proyecto de vida autónomo.

    Analogía: la educabilidad como el mármol del escultor 

    Podemos concebir la educabilidad como un bloque de mármol. Posee un potencial intrínseco: su textura, su dureza, sus vetas. Un bloque de mármol de Carrara tiene un potencial distinto a uno de granito. De igual manera, cada individuo posee una educabilidad singular, condicionada por su herencia genética, su contexto familiar y su trayectoria vital. Sin embargo, el mármol, por sí solo, nunca se convertirá en una escultura. Es pura potencia. La idea de que el foco de la educación debe estar únicamente en esta capacidad del estudiante es peligrosa. Conduce a lo que podríamos llamar la «falacia de la educabilidad», que consiste en culpar al mármol por los fracasos del escultor. Cuando un estudiante no aprende, esta falacia lleva a diagnosticar un déficit en su educabilidad («no tiene capacidad», «no está motivado», «viene de un mal contexto»), eximiendo de responsabilidad al sistema, al método o al educador.

    Educatividad: la capacidad de dar forma

    Si la educabilidad es la potencia del mármol, la educatividad es el arte, la técnica y la intención del escultor. Es la capacidad del educador, del sistema educativo y del ambiente cultural para influir eficaz y significativamente en el estudiante, para catalizar la actualización de su potencial. No es meramente «enseñar» en el sentido de transmitir información; es la potencia de provocar una transformación formativa. La educatividad es la respuesta a la pregunta: ¿qué hace que una influencia sea verdaderamente educativa?

    La educatividad es un constructo complejo que va más allá de la didáctica. Implica, como mínimo, tres dimensiones interrelacionadas:

    1. Dimensión científico-técnica. Es el dominio del «qué» y el «cómo». Incluye el conocimiento profundo de la materia que se enseña, el manejo de un repertorio didáctico variado y la competencia para diseñar y evaluar experiencias de aprendizaje. Es el cincel y el martillo del escultor.
    2. Dimensión ético-relacional. Es el dominio del «quién» y el «para qué». Se refiere a la calidad del vínculo que el educador es capaz de establecer con el estudiante. Como argumentó Martin Buber en su filosofía del diálogo, la verdadera educación ocurre en el «encuentro» Yo-Tú, una relación de presencia, respeto y reconocimiento mutuo. La educatividad reside en la autoridad moral del educador, su vocación, su pasión y su compromiso ético con el desarrollo del otro.
    3. Dimensión político-cultural. Es el dominio del «dónde» y el «porqué». Se refiere a la capacidad del educador para actuar como un mediador crítico entre el estudiante y la cultura, y para comprender y transformar las condiciones contextuales que limitan o potencian la educabilidad. Un educador con alta educatividad es consciente de las estructuras de poder que operan en el aula y trabaja para crear un ambiente más justo y equitativo.

    La danza dialéctica: un modelo de corresponsabilidad

    El error fundamental en gran parte del discurso educativo ha sido tratar la educabilidad y la educatividad como entidades separadas y estáticas. La realidad es que son dos polos de una misma relación dialéctica, que se constituyen y se modifican mutuamente en el acto pedagógico. Una alta educatividad puede despertar y expandir una educabilidad que parecía latente o limitada. Inversamente, una baja educatividad puede inhibir o incluso dañar la educabilidad de un estudiante. El fracaso escolar rara vez es producto de una sola causa; casi siempre es el resultado de un desencuentro, de una danza fallida entre estas dos potencias.

    La siguiente tabla ofrece un modelo para analizar las implicaciones prácticas de centrarse en un polo u otro, en contraste con un modelo relacional.

    Tabla 1
    Modelos de interacción educativa según el foco en educabilidad y educatividad

    Dimensión de análisisModelo centrado en la educabilidad (Foco en el alumno)Modelo centrado en la educatividad (Foco en el Docente/Sistema)Modelo dialéctico-relacional (Foco en la Interacción)
    Locus de la ResponsabilidadEl éxito o fracaso reside en la capacidad y el esfuerzo del estudiante.El éxito o fracaso reside en la calidad del método y la competencia del docente.El éxito o fracaso es una corresponsabilidad emergente de la calidad de la relación.
    Diagnóstico del «Problema»Busca déficits en el estudiante (cognitivos, actitudinales, contextuales).Busca fallas en la planificación, la estrategia de enseñanza o los recursos.Analiza el «desencuentro»: ¿qué barreras impiden la conexión significativa en esta relación concreta?
    Intervención pedagógicaProgramas de nivelación, tutorías remediales, adaptaciones curriculares para el «alumno con problemas».Capacitación docente, innovación metodológica, mejora de materiales, cambio en el sistema.Intervenciones sistémicas que modifican simultáneamente la acción del docente y la participación del alumno. Terapia de la relación pedagógica.
    Metáfora dominanteEl jardinero que trabaja con «buenas» o «malas» semillas.El ingeniero que diseña y aplica un proceso «eficiente» de instrucción.El coreógrafo que crea las condiciones para una danza fluida y sincronizada entre dos partenaires.

    Nota. Este cuadro presenta modelos arquetípicos. La práctica real suele ser una mezcla, pero la identificación del foco dominante permite un análisis crítico más profundo de las culturas escolares y las políticas educativas. Fuente: Elaboración propia.

    Este modelo relacional puede ser visualizado como un ciclo de retroalimentación continua, tal como se esquematiza en la Figura 3.

    Figura 1
    El ciclo dialéctico de la relación educativa

    Nota. El diagrama ilustra que la educabilidad no es una cantidad fija, sino un potencial dinámico que es activado y transformado por la educatividad dentro del encuentro pedagógico, generando un nuevo estado de educabilidad en un proceso continuo. Fuente: Elaboración propia.

    Conclusión

    Hemos viajado desde la potencia a la acción, deconstruyendo la aparente simplicidad del acto de educar. Se ha revelado que la educabilidad, esa condición maravillosa de apertura al cambio, es necesaria pero radicalmente insuficiente. Sin su contraparte, la educatividad —la capacidad deliberada, ética y competente del educador para provocar una transformación—, la educabilidad permanece como un potencial silente. El concepto clave que emerge no es ninguno de los dos polos, sino la relación misma, la danza dialéctica donde ambos se encuentran, se desafían y se potencian mutuamente.

    Este problema central redefine los anteriores. Una educación para la formación (y no solo para la integración) exige una educatividad de altísimo nivel, capaz de ir más allá de la instrucción para cultivar la autonomía. Una educación guiada por la axiología (y no por una teleología rígida) requiere de una educatividad que no impone valores, sino que crea las condiciones relacionales para que el estudiante pueda construir su propia brújula moral. La calidad de la educación de una sociedad, por tanto, no se mide por la supuesta «calidad» de sus estudiantes, sino por la calidad de la educatividad que es capaz de generar y sostener.

    Les invito, en su camino doctoral, a convertir esta danza en una categoría central de su análisis. Cuando investiguen una política, un currículo o una práctica, no se pregunten únicamente cómo afecta al aprendizaje del alumno. Pregúntense: ¿Qué tipo de educatividad promueve o inhibe esta iniciativa? ¿Cómo reconfigura la relación entre la potencia del que aprende y el acto del que enseña? La investigación educativa que logre capturar la sutil complejidad de este encuentro no solo producirá conocimiento relevante, sino que contribuirá a hacer del acto educativo un encuentro humano más potente, más justo y más transformador.

    Podcast de síntesis: la lección en audio

    Como complemento, este recurso auditivo recapitula los conceptos fundamentales de la lección.

    Bibliografía de referencia

    • Buber, M. (2006). Yo y tú (C. Díaz, Trans.). Ediciones Sígueme. (Obra original publicada en 1923).
    • Capella, J. (1999). Educación: Un enfoque filosófico. Ediciones Pedagógicas.
    • Fullat, O. (1992). Filosofías de la educación. Ediciones CEAC.
    • García Hoz, V. (1988). Educación personalizada. Ediciones Rialp.
    • Herbart, J. F. (1983). Pedagogía general derivada del fin de la educación (L. Luzuriaga, Trans.). Humanitas. (Obra original publicada en 1806).Nassif, R. (1980). Teoría de la educación: Problemática pedagógica contemporánea. Cincel.